El peligro del harakiri emocional: por qué necesitamos fases en psicoterapia
A veces, incluso con las mejores intenciones, podemos hacer daño sin querer.
En psicoterapia, especialmente en casos de trauma o de mucho sufrimiento, esto ocurre más a menudo de lo que parece.
Puede pasar cuando, como terapeutas, queremos “quitarle” el sufrimiento a la paciente, ayudarla a cambiar esos patrones que la hacen sufrir, o acompañarla a conectar con su yo más compasivo. Y desde ese impulso protector, sin darnos cuenta, puede salir una parte exigente o impaciente… que hiere.
La paciente también suele venir con esa misma impaciencia y exigencia.
Quiere sentirse mejor, rápido. Quiere dejar atrás el dolor. Y es completamente comprensible. Pero cuando algo todavía no se ha podido mirar, cuando el dolor sigue siendo demasiado intenso o no está integrado (aunque haya un discurso racional muy elaborado), abrirlo de golpe puede ser peligroso.
Yo lo llamo el harakiri emocional: una apertura prematura que desregula, que hace más daño del que sana.
Por eso, en el Modelo de Psicoteràpia Integradora Compassiva (MPIC), empezamos siempre por la Fase 1: Regulación y seguridad.
Aquí trabajamos para sentar las bases de la autorregulación y la coregulación, ayudamos a conocer el sistema nervioso autónomo, y empezamos a introducir la compasión como vía de acompañamiento.
En esta fase no buscamos “ir al trauma”, sino aprender a sostener el nivel de activación con el que la paciente llega: ya sea mucho malestar, disociación o congelación.
Esto es esencial para no hacer daño.
Y es importante que la paciente lo sepa desde la primera sesión: forma parte del setting, de generar seguridad, confianza y claridad.
Porque si la paciente busca algo más directo y nosotras sabemos que eso podría desregularla, necesitamos poner un límite desde el cuidado y, si es necesario, derivar.
No todas nos sentimos cómodas —ni éticamente alineadas— con intervenciones que puedan romper la estabilidad emocional de la persona.
A veces, si la paciente no puede avanzar en esta fase inicial, eso nos muestra que hay una afectación más profunda de lo que parecía al inicio. En esos casos, puede ser necesario un trabajo conjunto con psiquiatría, o valorar medicación que ayude a regular el sistema nervioso antes de seguir.
Y en algunos casos (pocos, pero reales), puede que esta manera de entender la psicoterapia no sea compartida por la paciente. Si eso ocurre, también es un acto de compasión reconocerlo y derivar con afecto y respeto.
El MPIC nace precisamente para ofrecer un camino así: con bases claras, fases flexibles, y una forma de acompañar profundamente respetuosa, sensible y valiente, orientada al cambio y a la acción desde la compasión.
🌿Y tú…
¿Has sentido alguna vez ese impulso de ir demasiado rápido en psicoterapia —como psicoterapeuta o como paciente—?
¿Te has dado cuenta de cómo cambia el proceso cuando hay espacio para regular, sostener y comprender antes de actuar?


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