Después de tantos años de experiencias, de dolores y alegrías, de terapia, de aprendizajes y de mirarme de dentro hacia afuera, siento que conozco muy bien mis partes internas.
Y, aun así, hay momentos en los que vuelvo a caer en ellas, sobre todo cuando algo es muy importante para mí.
Me muevo entre dos partes algo dolidas:
- una que tiene miedo de que algo salga mal, de que alguien salga herido, y que me lleva a complacer, a dejar de mirar lo que yo necesito;
- y otra, más exigente y dura, que se esfuerza por hacerlo todo bien, que es rígida en cómo deben hacerse las cosas y que busca protegerse de todo desde el “debería”.
Una parte que acaba desgastándose porque le cuesta descansar y ser compasiva consigo misma.
Y, por último, estoy yo.
Mi yo real, compasivo, que sabe que no tengo por qué complacer; que complazco cuando quiero y cuando tiene sentido para mí, siempre que eso no me deje a mí de lado.
Mi yo que sabe que exigirme, criticarme y ser dura conmigo misma cuando me equivoco, o cuando tengo miedo de equivocarme, solo me aleja de mí.
Pero, sinceramente, no sé si algún día la exigente y la complaciente llegarán a irse del todo.
Y quizá tampoco haga falta.
Mi objetivo hoy es que ellas no decidan por mí.
Que puedan ser cada vez más compasivas, más relajadas, y que aprendan a sostener ese miedo al rechazo, ese sufrimiento que todas compartimos.
Y que sea mi yo real, compasivo, quien me dirija en la vida.
Y mira que, con el tiempo, he aprendido mucho más a hacer las cosas desde el placer.
A actuar cuando me inspiro y me apetece.
A protegerme más cuando tengo días pesados o me siento emocionalmente más vulnerable.
Pero, a medida que avanzo y voy creando una vida que es mía —llena de cosas que realmente valoro—, también noto que sufro más por si algo se rompe.
Por si me equivoco y eso supone perder algún vínculo o algún proyecto que amo.
Y es cansado.
Es como si tuviera miedo de caer… pero, en realidad, me doy cuenta de que estoy cayendo hacia mí, hacia mi casa, hacia lo que tiene sentido.
El cambio es inevitable, y a menudo incómodo.
Pero también está lleno de cosas maravillosas que se están gestando en el camino.
Y, aunque me cueste, no puedo quitarme del todo el miedo a perder cosas importantes mientras avanzo.
La dualidad es fascinante: cómo podemos sentir emociones tan opuestas dentro de nosotras —miedo y confianza, desgaste e inspiración— y, aun así, todas tener un sentido profundo y necesario para el proceso.
Necesito que esto caiga.
Necesito revisar, deshacer y soltar, para poder caer más hacia mí.
Que lo que tenga que romperse, se rompa.
Y que de esa ruptura, y del dolor que conlleva, surja algo más coherente, más sano, más verdadero.
Quiero dejar de intentar que todo salga bien, de querer no equivocarme nunca o no perder nada —porque es imposible.
Quiero ser fiel a mí misma y seguir haciendo las cosas desde el corazón, sin dudar de mí ni juzgarme.
Quiero abrirme sin miedo a que eso me ponga en peligro.
Quiero seguir creciendo para poder ayudar también a crecer a los demás.
Y quiero ser un lugar seguro, para mí y para quien se acerque.
Una reflexión que nace de mi profundidad, de mis luces y sombras.
Porque incluso en el rol de dirigir un proyecto, con responsabilidades y decisiones constantes, a veces me siento como si no pudiera permitirme estas partes humanas, como si tuviera que tenerlo todo claro o hacerlo todo bien.
Pero no.
Es imposible.
Todas estamos aprendiendo.
Y yo quiero seguir aprendiendo, equivocándome, creciendo y cayendo hacia mí —una y otra vez.
Y quizá por eso comparto todo esto aquí, en este espacio.
Este blog nació para hablar del Modelo de Psicoterapia Integradora Compasiva, de supervisiones, de ejercicios, psicoeducación y de psicología… pero también de mi propio proceso como mujer y como psicóloga.
Porque creo profundamente que no existe formar, supervisar o acompañar sin la vulnerabilidad de quien lo hace.
No quiero contribuir a la idea de que la persona que tienes delante es perfecta o está completamente “sanada”, porque eso no es —ni será nunca— real.
El objetivo no es vivir sin miedo, sin retos o sin errores.
El objetivo es hacer las cosas lo más alineadas posible con nosotras mismas, actuar desde la calma y la compasión, y construir una vida con sentido.
Por eso comparto esta reflexión tan real de mi camino:
porque quiero abrir espacios donde la vulnerabilidad no sea juzgada, ni convertida en un motivo para querer ser mejores versiones de nosotras mismas constantemente.
No.
Quiero espacios donde la vulnerabilidad sea bienvenida, aceptada y entendida como una parte esencial de nuestra humanidad y de nuestra dualidad.
Caer hacia mí es eso:
volver al lugar donde no necesito demostrar nada,
donde puedo respirar y sentir que soy suficiente, incluso cuando tengo miedo.
Caer hacia mí es recordar que todo lo que se desmorona abre espacio para la verdad,
y que desde el centro de lo que soy, todo lo que florece tiene sentido.



Deja un comentario