Durante mucho tiempo se ha transmitido, de forma explícita o implícita, que la psicóloga debe ser una figura impecable, estable e inalterable.
Una presencia calmada que lo sabe todo, que siempre está bien y que nunca se ve afectada.
Un referente misterioso, regulado e impermeable.
Y sí: la psicóloga es, y debe ser, una figura reguladora.
Una base segura desde la cual la paciente puede explorar y transformarse.
Pero hay una parte de la historia que casi nunca se cuenta:
La psicóloga también es humana.
Y también es vulnerable.
Hablar de ello no es un acto de exposición innecesaria.
Hablar de ello es un acto de responsabilidad profesional.
¿Por qué?
Porque una terapia deshumanizada, rígida o fría no es un espacio de apego seguro, y puede perpetuar patrones evitativos, distancias artificiales y desconexión emocional.
Cuando atendemos, también sentimos
Mientras sostenemos procesos profundos, dentro de nosotras también pasan cosas:
- se nos mueven historias,
- dudamos de nuestras capacidades,
- aparecen miedos,
- nos afecta la forma en que terminan los procesos,
- y, a veces, también necesitamos reparar, igual que las pacientes.
Esto no nos hace menos profesionales.
Nos convierte en humanas reguladas.
La vulnerabilidad de la psicóloga no es una carga para la paciente.
No implica desbordamiento, ni impulsividad, ni esperar apoyo emocional.
Implica autenticidad contenida, responsabilidad y presencia real.
La psicóloga también vincula y esto es clave para la terapia
A menudo se habla de cómo se vincula la paciente, pero casi nunca de cómo se vincula la psicóloga.
Y el vínculo terapéutico es, por definición, un vínculo de dos partes:
- con límites,
- con funciones diferenciadas,
- con una dirección terapéutica,
- pero vínculo igualmente.
Ignorar esto genera dos extremos igualmente perjudiciales:
1. Se idealiza a la psicóloga como un ser sin emociones
Esto impide que la paciente comprenda su propia capacidad de impacto relacional.
Perpetúa dinámicas evitativas y desconecta el proceso de la realidad humana.
2. Se normaliza la frialdad o la desimplicación
Hay psicólogas que no hacen seguimiento, que parecen distantes, que no muestran interés.
Y eso también duele.
Eso también deja marca.
Eso también modela un vínculo inseguro.
Una terapia sin vínculo es una terapia que difícilmente transforma.
La vulnerabilidad no exige nada a la paciente. Solo construye realidad.
Es importante dejarlo muy claro:
una psicóloga no espera nada de la paciente que salga de su rol.
No busca:
- consuelo,
- cuidados,
- apoyo emocional,
- validación,
- ni reciprocidad personal.
Lo que sí es necesario, y terapéutico, es el mínimo de responsabilidad relacional que permite que el vínculo exista de verdad.
Esto no significa que la paciente tenga que “cuidar” a la psicóloga.
Significa reconocer que el vínculo existe, y que para sostenerlo se necesita:
- avisar si no puedes asistir,
- expresar si algo te ha dolido,
- cerrar el proceso con palabras,
- dar espacio a la reparación,
- mantener una presencia mínima y coherente.
No porque la psicóloga “lo necesite emocionalmente”, sino porque la terapia lo necesita para ser terapia.
Ejemplos que lo hacen clarísimo
Cuando una paciente avisa con tiempo de una cancelación
La psicóloga no espera atenciones; espera respeto por el tiempo, igual que ella respeta el de la paciente.
Es una manera saludable de aprender límites y responsabilidad.
Cuando una paciente dice que quiere pausar o dejar la terapia
La psicóloga no necesita ser elegida.
Necesita poder cerrar para modelar cómo finalizar vínculos de una forma adulta y segura.
Cuando hay un malentendido y se puede hablar de ello
No es para proteger a la psicóloga, sino para enseñar a sostener conversaciones difíciles, algo esencial en el tratamiento.
La terapia no es neutral: es un vínculo regulado que transforma
Una terapia segura implica:
- autenticidad,
- límites claros,
- responsabilidad mutua,
- sensibilidad,
- y capacidad de reparar.
No queremos una psicóloga robot.
No queremos una psicóloga desbordada.
Queremos una psicóloga humana y regulada, que utilice su vulnerabilidad con conciencia, no como demanda, sino como herramienta.
Y queremos pacientes que puedan relacionarse con este espacio desde la responsabilidad mínima que permite crear una relación real: un refugio seguro donde aprender a vincularse de una forma diferente a la que han aprendido.
El objetivo de este texto
No es pedir nada a las pacientes.
No es exponer la vida privada de las psicólogas.
No es diluir los límites necesarios.
El objetivo es contribuir a una cultura terapéutica más humana, más segura y menos evitativa.
Una cultura que deje atrás el mito de la psicóloga impermeable y también el modelo frío que perpetúa la desconexión.
Porque si la terapia es, en esencia, un vínculo… sanar el vínculo empieza por humanizarlo.

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