En psicoterapia hay una diferencia que puede parecer pequeña, pero que para nosotras es fundamental: no es lo mismo no tener control sobre una persona que no tener responsabilidad dentro de su proceso terapéutico.
Las psicólogas no controlamos a nuestros pacientes.
No podemos decidir si continuarán viniendo a terapia. No podemos impedir que abandonen. No podemos obligarlos a mantener una determinada frecuencia. No podemos hacer que estén preparados para profundizar en algo que todavía les resulta demasiado doloroso. Tampoco podemos decidir por ellos si quieren cambiar.
Y tampoco deberíamos querer hacerlo.
La persona que tenemos delante sigue siendo autónoma. Tiene derecho a decidir qué quiere hacer con su proceso, incluso cuando su decisión no coincide con lo que nosotras, clínicamente, consideraríamos más adecuado.
Pero respetar esa autonomía no significa retirarnos de nuestra responsabilidad como terapeutas.
Y aquí aparece una diferencia importante.
“El paciente hace lo que quiere” no siempre es el final de la reflexión
Imaginemos a una persona que llega a terapia porque siente que no conecta con sus emociones, evita el malestar y tiene dificultades para sostener determinadas experiencias internas.
- Empezamos a trabajar.
- Poco a poco está más regulada. Algunos síntomas disminuyen. Empieza a encontrarse mejor.
- Y entonces dice: “Creo que ahora voy a venir una vez cada dos meses.”
Por supuesto, puede hacerlo. Pero como terapeutas podemos hacernos algunas preguntas antes de responder simplemente “perfecto”: ¿Qué significa este espaciamiento dentro de este proceso concreto?
Quizás sea exactamente lo que necesita. Tal vez el proceso esté entrando en una fase diferente y tenga sentido reducir la frecuencia.
Pero también podría estar ocurriendo otra cosa.
¿Podría ser que, justo cuando empieza a acercarse a contenidos emocionalmente más profundos, aparezca la necesidad de alejarse?
¿Podría ser que encontrarse un poco mejor active su patrón habitual de “ya estoy bien, ya no necesito a nadie”?
¿Podría ser que espaciar las sesiones sea, en este caso concreto, una nueva expresión del mismo patrón de evitación que la había llevado a terapia?
No lo sabemos. Pero tenemos la responsabilidad de hacernos la pregunta.
El setting también es terapia
A veces hablamos del setting como si fuera únicamente la estructura externa de la terapia: duración de las sesiones, frecuencia, horarios, cancelaciones, pagos… Pero el setting es mucho más que logística.
El setting sostiene el proceso terapéutico.
Aporta continuidad. Predictibilidad. Permite construir vínculo. Ayuda a contener. Ofrece una estructura desde la que poder trabajar y establece un compromiso compartido con el proceso.
Y, en determinados casos, lo que sucede con el propio setting puede convertirse en material terapéutico.
Una persona puede tener muchas dificultades para sostener compromisos cuando algo empieza a importarle.
Otra puede alejarse cuando empieza a sentirse demasiado vista.
Otra puede querer abandonar cuando aparece frustración.
Otra puede necesitar agradar tanto a su terapeuta que asegura que “todo está genial” mientras internamente está desconectada.
Otra puede acudir únicamente cuando está completamente desbordada y desaparecer en cuanto recupera cierta estabilidad.
Y otra puede necesitar convertir cada sesión en una descarga emocional inmediata porque detenerse a observar qué hay debajo de esa urgencia resulta mucho más difícil.
Lo que ocurre alrededor del proceso también nos habla del proceso.
Por eso no siempre es clínicamente neutro responder automáticamente a cualquier movimiento con un: “Perfecto, como tú quieras.”
Respetar la autonomía no implica dejar de pensar clínicamente.
Validar no significa decir que sí a todo
Esta distinción es especialmente importante cuando trabajamos desde una psicología compasiva.
Ser compasivas no significa ser pasivas. No significa evitar cualquier incomodidad. No significa no confrontar nunca. Y tampoco significa que cualquier decisión del paciente tenga que ser aceptada sin explorar qué hay detrás de ella.
Podemos comprender profundamente por qué una persona necesita alejarse y, al mismo tiempo, ayudarla a observar qué está ocurriendo. Podemos decir: “Entiendo perfectamente que ahora que te encuentras mejor te apetezca espaciar. Y al mismo tiempo hay algo que me gustaría que pudiéramos mirar antes de decidirlo.” O: “Evidentemente, la decisión final es tuya. Pero clínicamente yo no te recomendaría espaciar tanto en este momento y me gustaría explicarte por qué.”
Eso no es controlar. Es ocupar nuestro lugar profesional.
¿Y qué pasa cuando alguien viene a terapia solo a “desahogarse”?
Hay sesiones en las que necesitamos desahogarnos.
Hay momentos vitales en los que una persona necesita llegar a consulta, dejar caer todo lo que lleva acumulado y encontrar delante a alguien capaz de sostenerlo.
Eso también puede formar parte de la terapia.
El problema no es desahogarse. La pregunta aparece cuando eso se convierte sistemáticamente en todo el proceso.
Si una persona llega sesión tras sesión, explica lo que le ha ocurrido, recibe validación, siente un alivio temporal, vuelve a su vida y en la siguiente sesión repetimos exactamente el mismo circuito, quizás sea importante detenernos y preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo terapéuticamente con esto?
¿Estamos ayudando a esta persona a comprender los patrones que existen debajo de aquello que explica?
¿Estamos trabajando recursos?
¿Estamos conectando lo que ocurre hoy con su historia cuando resulta relevante?
¿Estamos ayudándola a identificar qué sucede en su cuerpo, en sus relaciones, en sus emociones o en su sistema nervioso?
¿Estamos facilitando nuevas formas de responder?
¿Estamos trabajando aquello por lo que esta persona decidió empezar terapia?
¿O la terapia se ha convertido, sin darnos cuenta, en un mecanismo de regulación externa que proporciona alivio temporal pero no facilita el movimiento que esa persona quería construir?
Y todavía podemos hacernos una pregunta algo más incómoda: ¿Hay algo de nuestra manera de acompañar que esté contribuyendo, sin querer, a mantener esta dinámica?
Porque nosotras también formamos parte del sistema terapéutico
Esta es probablemente una de las partes más difíciles, y más importantes, de nuestra profesión.
No todo lo que ocurre en terapia es responsabilidad nuestra. Pero nosotras también estamos dentro de la relación terapéutica.
Por eso supervisamos.
Por eso conceptualizamos casos.
Por eso revisamos nuestros procesos.
Por eso nos preguntamos qué está ocurriendo cuando una misma dificultad empieza a repetirse.
No para culpabilizarnos. No para pensar que si un paciente abandona hemos hecho algo mal. No para asumir una responsabilidad que no nos corresponde.
Sino porque responsabilizarnos profesionalmente también significa poder preguntarnos: ¿Qué parte de esto no depende de mí?
Y, al mismo tiempo: ¿Qué parte sí puedo revisar?
Tal vez descubramos que no había nada diferente que hacer.
Quizás aquella persona simplemente no estaba preparada.
Quizás económicamente no podía sostener la frecuencia.
Quizás su momento vital requería otra cosa.
Quizás necesitaba un tipo de acompañamiento diferente.
O quizás decide marcharse aunque nosotras hayamos trabajado cuidadosamente la situación.
Todo esto puede ocurrir. Pero existe una diferencia importante entre llegar a esa conclusión después de haber revisado el proceso y asumirla automáticamente sin hacernos ninguna pregunta.
La incomodidad de poner límites también es nuestra
A muchas terapeutas nos resulta más fácil validar que confrontar. Y tiene sentido. También somos humanas.
Podemos sentir miedo de incomodar al paciente, de que se sienta juzgado, de que se enfade, de que deje la terapia o de que piense que no lo estamos entendiendo. Y, sin darnos cuenta, nuestra propia incomodidad también puede entrar en consulta.
Quizás aceptamos un espaciamiento que clínicamente no vemos claro.
Quizás no señalamos una evitación.
Quizás dejamos pasar repetidamente una ruptura del setting.
Quizás no nombramos una dinámica que estamos observando.
Quizás permitimos durante meses un funcionamiento que intuimos que no está ayudando realmente al proceso.
No necesariamente porque no nos importe. A veces ocurre precisamente porque nos importa tanto el vínculo que nos cuesta arriesgarnos a generar tensión dentro de él.
Pero una relación terapéutica segura no es aquella en la que nunca ocurre nada incómodo. Es aquella en la que también podemos poner palabras a lo difícil sin retirar afecto, respeto ni seguridad.
Confrontar también puede ser cuidar
Podemos confrontar con compasión. Podemos poner límites con calidez. Podemos sostener una discrepancia sin imponer. Podemos decir: “No puedo ni quiero obligarte a continuar viniendo. Pero antes de que tomes esta decisión, creo que sería importante que miráramos juntas si lo que está ocurriendo aquí puede tener alguna relación con aquello que precisamente estamos trabajando.”
Podemos incluso explicitar nuestra recomendación clínica: “Si decides espaciar las sesiones, respetaré tu decisión. Pero considero importante que sepas que, en este momento del proceso, mi recomendación sería otra.”
Y después, el paciente decidirá.
Porque marcar un setting no significa apropiarnos del proceso del otro. Significa ofrecer un marco desde nuestro conocimiento profesional y permitir que la persona pueda tomar sus decisiones con información, conciencia y autonomía.
No todo abandono es un fracaso. Pero todo patrón merece poder ser mirado.
Que una persona deje la terapia no significa automáticamente que haya existido un problema terapéutico. Que alguien haga pocas sesiones tampoco. Que un paciente necesite espaciar no significa necesariamente que esté evitando. Y que una persona necesite durante un tiempo principalmente regulación, acompañamiento o validación tampoco convierte el proceso en una mala terapia.
La clínica necesita contexto.
Precisamente por eso no podemos evaluar un proceso únicamente contando sesiones o midiendo cuánto tiempo permanece una persona en terapia.
Pero cuando observamos un patrón, en un proceso concreto o repetidamente en nuestra práctica, podemos permitirnos sentir curiosidad. No desde la culpa. Desde la responsabilidad.
¿Qué está ocurriendo?
¿Qué hipótesis tengo?
¿Qué parte pertenece al paciente?
¿Qué parte pertenece al contexto?
¿Qué estoy aportando yo a esta dinámica?
¿Hay algo que podría hacer diferente?
¿Necesito supervisión?
Esta capacidad de hacernos preguntas forma parte también de nuestro trabajo.
La responsabilidad termina donde empieza el control
Quizás esta sea la frontera más importante.
Nuestra responsabilidad es observar, conceptualizar, preguntar, señalar, psicoeducar, proponer, sostener el setting, confrontar cuando sea necesario, revisar nuestro propio papel y pedir supervisión cuando algo nos genera dudas.
Y después existe una frontera.
El paciente puede decir que no. Puede decidir espaciar. Puede decidir continuar exactamente igual. Puede decidir abandonar. Puede decidir que este no es su momento. Incluso puede tomar una decisión que nosotras consideremos poco beneficiosa.
Esa decisión le pertenece.
La psicoterapia no consiste en conseguir que una persona haga aquello que nosotras creemos que le conviene. Pero tampoco consiste en observar pasivamente cualquier movimiento y concluir: “Es su decisión. Yo no tengo ninguna responsabilidad aquí.”
Entre controlar al paciente y retirarnos completamente existe un lugar mucho más interesante. Es el lugar de la responsabilidad terapéutica.
Un lugar desde el que podemos decir: No puedo decidir por ti. Pero sí puedo responsabilizarme de mirar contigo qué está pasando.
Y quizás esa sea también una de las formas más profundas de trabajar desde la compasión. 💜

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